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LIBERTAD VIGILADA


SOBRE EL LIENZO, el régimen del color es el de una libertad vigilada. Si se le aplica con excesiva minuciosidad, o con una insistencia impertinente, no vibra -o como dicen, y así lo prefiero, los pintores de brochagorda- no "canta". Si, al contrario, se le deja ir a punta de pincel, con el automatismo inherente a los gestos más cotidianos, cae de inmediato en un grafismo insulso, en la descuidada escritura de una decoración.

Agueda de la Pisa ha logrado este desafio: impregna la tela con un cuidado atento, afectuoso casi, pero no abusivo; diluye el color como para evitar toda la intensidad, un depósito grumoso del pigmento, la gravedad inoportuna de una adjetivación. Su contacto con el soporte, con el tejido blanco y su inaparente rugosidad es aproximadamente materno: una vigilancia que no excluye la distracción, el matiz programado, a veces el azar. Nunca la autoridad. Nunca el olvido.

Así surgieron los grandes formatos respirantes, aéreos, desplegados sudarios, ventanas a una aurora boreal o a un crepúsculo químico. Muros sangrantes.

Hacia finales de los ochenta todo cambió. Como dirigido por una contracorriente, por una resaca del color. por una inciación propia de la mano y de su modo de imponerse ante la horizontalidad de la tele.

La vibración cromática, lo que el cuadro al mismo tiempo irradia y resguarda, el "canto", ahora no se obtiene gracias a la disolución, a la oscura alquimia del agua, sino al contrario, por superposición, por finisimas capas, de una manera casi geológica.

Ahora el cuadro apela, como para integrarlos a su materia, para asimilarlos, o al contrario para rechazarlos o "desdecirlos", los más diversos materiales. No se trata, sin embargo, de simples collages. El materia incorporado -sobres, periódicos, papeles garabateados y recuperados de labasura, fragmentos coloreados de otros lienzos- nunca funcionan como "motivo" en sí, no se presentan con ostentación o teatralidad en un primer plano, sino que a su vez sirve de soporte a otra indagación de color, a otro preciso y descuidado desafío.

El cuerpo extraño se surperpone a la tela para afirmar su alteridad. Su modelo es el de lo recurrente y lúcido, un brillo que regresa, el chisporroteo anaranjadode un cometa. Como si en el espacio de lo planetario, y en funcionamiento solar Agueda de la Pisa encontrara su identidad o su secreto. Lo pasajero, lo efímero, la imagen de un objeto que pasa ingrávido, quemante, y que al cruzar cerca de nuestro espacio se inscribe en el horizonte como la promesa de un regreso, como una amenaza: la que encubre la certeza de toda repetición. Algo fugaz, relampagueante de color, va a pasar, ha pasado por la tele. Quedan flecos, trazos incandecentes o calcinados, el geroglífico de una quema, el "carmín", la "coma rosa" que denuncia una lejana combustión.

La pintura de Agueda de la Pisa es uns pintura de signos. Antifaces, triángulos quebrados que se repiten a la vertical, pirámides, rectangulos maculados que se repiten de dos en dos. La paradoja es que estos signos, aparecen a la mirada, una vez integrados o expulsados de la tela, despojados de toda desnsidad indicativa, libres de carga semántica, como un puro juego de rectangulos o de flechas fragmentadas: volcados haccia su ser emotivo. Son, en definitiva, como fotos desdibujadas de un pasado litoral, recuerdos de una estancia insular, de una vida marítima -azules oceánicos, flora submarina, espuma de los bordes, apresuradas cartas de un archipiélago-. Viejas postales descoloridas cuya dominante era el azul.

O más bién: nostalgia de una vida de dos en dos. Todo, en esta pintura enigmática se apareja, dialoga, busca su Otro en su espejo, exige su gemelidad. O su eco. Cámara de eco, pero no sonora sino, visual. El color reverbera, como el sol en el verano castellano, en el ocre agreste. Austeridad, escueta expresión teresiana. Todo es púdico, severo. Ni la plúmbia materia de la actual pintura española, ni el desenfado abigarrado del color. Justeza. Timidez incluso. Reserva. Algo queda susurrado, entredicho, sugerido en el cuadro. La frase no aparece. Alguien la escucha.

Alguien, a quien no se le dirige. Alguien que responde con la mirada a una interrogación que no existirá

Severo SARDUY

París,IV, 90